El bambú en la arquitectura

Horacio Saleme

viernes, 10 de julio de 2026  |   

Introducción
Iberoamérica presenta regiones geográficas muy variadas que determinan y condicionan todas sus manifestaciones culturales, muy particularmente en el campo de la arquitectura. Por ello se han dado diversas arquitecturas regionales, con distintas maneras de insertarse en el medio natural y social. Dentro de ellas se destacan muy especialmente las que han generado verdaderas culturas a partir del bambú, en las regiones de alto riesgo sísmico, por su eficaz comportamiento ante los terremotos. Es el caso de la quincha peruana, el bahareque colombiano y, últimamente, las nuevas tecnologías desarrolladas en Centroamérica, Brasil y Perú, para citar solo ejemplos de nuestro subcontinente.

Hay en América varias especies autóctonas de bambú cuyo uso se remonta a siglos antes del descubrimiento de América. En la época colonial, los españoles descubrieron el universo de posibilidades que esta gramínea ofrece, por lo que, de un modo primitivo, fueron perfeccionando las técnicas precolombinas para utilizarlo en artesanías, muebles, instrumentos musicales, utensilios domésticos, herramientas, etc. Como material de construcción, se difundió rápidamente para la realización de puentes y para la arquitectura, adaptando la quincha precolombina a los requerimientos de las nuevas tipologías virreinales, llegando a imponer el sistema mediante precisas normas constructivas.

Con la llegada a Sudamérica de los nuevos materiales incorporados en Europa a partir de la Primera Revolución Industrial —en particular el hierro, el acero y el hormigón armado—, los materiales y técnicas tradicionales fueron poco a poco reemplazados, entre ellos el bambú, en las regiones donde su uso se había dado de un modo muy intenso. Se impuso así una arquitectura no necesariamente apropiada para el lugar, que se difundió aún más por el fenómeno de la globalización, en perjuicio de las tradiciones constructivas de nuestros pueblos. 

A pesar de que estas no son incompatibles con la modernidad y el desarrollo, en la gran mayoría de los casos en que todavía se utiliza el bambú, se lo hace en forma precaria y asociada a la pobreza, ya que las clases más bajas resuelven su hábitat con lo que tienen a mano, ante la indigencia extrema. Por esa misma razón, vinculan su desarrollo social y económico al abandono del bambú, símbolo de su miseria.

Sin embargo, este material cumple con todas las exigencias de la sustentabilidad: es natural, renovable, de rápido crecimiento y con múltiples posibilidades plásticas y constructivas. Admite tecnologías artesanales y de alta industrialización, pudiendo de un modo u otro convertirse en un verdadero promotor del desarrollo sustentable con los beneficios sociales, económicos y ambientales que conlleva. El bambusal controla la erosión, regula el caudal hídrico, aporta materia orgánica y contribuye a la biodiversidad, por ser el hábitat de diversa flora y fauna. Su bosque, adecuadamente implantado, embellece el paisaje. 

Todo esto lo convierte en un poderoso factor de desarrollo tanto rural como urbano. Retomar su difusión y uso coadyuvará a que rápidamente se generen nuevas alternativas de desarrollo sustentable.

El Proyecto Bambú de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT)
En ese marco, en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán, desarrollamos un Programa de Investigación denominado “El Bambú: Arquitectura y Desarrollo Sustentable”. A partir de las tradiciones constructivas de nuestro medio rural, a las que hicimos referencia, se comenzaron a desarrollar nuevos procedimientos constructivos y sistemas estructurales con bambú, en variadas escalas de aplicación, en función de las especies disponibles y de las necesidades que se plantean, cubriendo toda una gama de usos desde refugios y viviendas hasta construcciones de medianas y grandes luces, lo que resultó ser un camino muy efectivo para integrar la UNT con el medio que la sustenta, manteniendo el espíritu fundacional de la misma. La forma es “aprender haciendo” para unir los conocimientos científicos y tecnológicos a la experiencia de vida de sus pobladores, haciendo posible el crecimiento tanto de la comunidad rural como de la misma universidad.

El primer paso fue mejorar las técnicas populares, asegurando de ese modo la continuidad de su tradición constructiva, optimizando sus posibilidades. Esto significó un paso muy importante para mejorar la calidad de vida de las personas que habitan en nuestros medios rurales.

Además de la búsqueda de las formas estructurales más adecuadas para el material, se hicieron investigaciones en laboratorio con el objeto de determinar sus características resistentes y sus posibilidades constructivas. Se verificó así su gran eficiencia estructural y resistente, tanto a compresión como a tracción, no así al corte. Mediante el diseño constructivo y estructural apropiados, se logra potenciar sus enormes ventajas y minimizar sus limitaciones. Esto se hace respetando sus características morfológicas naturales, ya que el bambú es una gramínea leñosa arborescente, tiene una dimensión muy dominante (longitud), es flexible y de sección anular, lo que conlleva grandes ventajas, pero condiciona soluciones precisas para controlar la deformabilidad y asegurar la durabilidad de la construcción.

También existe la posibilidad de combinar el bambú con otros materiales como elementos de acero, concreto, suelo-cemento, ferrocemento, hormigones con fibras sintéticas, etc. Se destaca entre ellos el ferrocemento, por la enorme versatilidad que ofrece en sus aplicaciones, su particular compatibilidad con el bambú y la sencilla tecnología necesaria para su uso.

Observando las necesidades de nuestro medio rural, se analizaron las tipologías estructurales más adecuadas para satisfacerlas. La mayoría de ellas pueden ser resueltas con estructuras de pequeñas o medianas luces, aunque es posible cubrir grandes espacios con este material. Es el caso de los invernaderos, puentes peatonales, patios cubiertos de locales escolares, cubiertas para espacios deportivos y otros ámbitos de uso comunitario, en cuyas construcciones se puede emplear una variada gama de alternativas.

Entre los tipos estructurales diseñados y experimentados, merecen citarse las cúpulas geodésicas, reticulados planos y espaciales, vigas de eje curvo y estructuras de superficies alabeadas (paraboloides hiperbólicos y conoides) y construcciones arboriformes, con elementos simples y compuestos.

En pocas palabras, el uso del bambú en nuestro medio es una realidad en los sectores marginales y de más bajos recursos. No obstante ello, es un material de construcción de probada capacidad, con grandes potencialidades y algunas limitaciones. Su rápida renovabilidad lo convierte en un material futurizo, en un mundo que está agotando los recursos extraíbles. Sumado a ello, sus propiedades físicas, tecnológicas y plásticas, probadas a lo largo de siglos en el Sudeste asiático y en Iberoamérica, tanto a escala artesanal como industrial, sin ninguna duda pueden constituirse en uno de los más importantes reactivadores de las economías regionales, garantizando además la sustentabilidad del desarrollo.

Normas y estilos “tembloreros” en Hispanoamérica
Cuando comenzábamos a estudiar la arquitectura en zonas sísmicas y la evolución de las normas sismorresistentes, se nos decía que la ingeniería sísmica nació en los años 40 del siglo XX, y la arquitectura sismorresistente alrededor de la década del 70 del mismo siglo, cuando se había tomado conciencia de que la seguridad sísmica no se logra insertando una estructura ad hoc a un edificio concebido solo para cargas gravitacionales, en cualquier lugar. 

El problema es mucho más complejo: la importancia de los elementos constructivos no estructurales, las aberturas, las funciones de los distintos locales, el contenido de los mismos, el comportamiento humano antes, durante y después del sismo, la implantación urbana, las redes de circulación y de servicios, la policía de la construcción, las tecnologías vigentes en cada lugar, las condiciones macro y microeconómicas, entre muchos otros factores, condicionan la vulnerabilidad sísmica de ciudades y edificios. Por esta razón el hombre tardó siglos en advertir la complejidad de la problemática sísmica y más aún en establecer reglamentos acordes a la misma.

Sin embargo, en la búsqueda de alternativas tecnológicas apropiadas para zonas sísmicas y estudiando sismos históricos, advertimos que las cosas no han sido siempre así. Sin abarcar todos los países con alta actividad sísmica, y solo considerando los antecedentes en Sudamérica, encontramos que desde hace siglos los terremotos han inducido la búsqueda de alternativas constructivas para evitar o minimizar los daños que venían ocasionando.

La quincha
En el Perú, particularmente en la costa, todavía se encuentran muchos edificios que sorprenden por los materiales y los procedimientos de su construcción.

En la Lima virreinal, las primeras obras fueron construcciones fuertes y macizas de ladrillo y piedra, cuya fortaleza era más aparente que real ante la sismicidad de la región en que se asentó la ciudad. Los frecuentes temblores obligaban a permanentes reparaciones o reconstrucciones.

Ante esta realidad, los constructores limeños advirtieron que algunas técnicas precolombinas utilizadas en las viviendas indígenas resistían muy bien a los terremotos. Se trataba de la quincha, que en quichua quiere decir “cerca o cerramiento de palos y bejucos”.


La quincha virreinal. Lima. Fuente: ININVI.

Cuenta Jorge Morán Ubidia[1] que en lo que fue el Virreinato del Perú se han encontrado evidencias de construcciones de bambú (Guadua Angustifolia) de hace más de 10.000 años. El hallazgo fue hecho por Karen Stothert, arqueóloga, quien encontró las improntas de los bambúes dejados en la arcilla cocida, después de un incendio que calcinó el barro. Tanto este como otros descubrimientos arqueológicos han confirmado que la tradición de construir con cañas huecas, paja y arcilla en Perú y Ecuador es milenaria. Se han encontrado vasijas-maqueta de la llamada cultura Jama-Coaque, que muestran la forma de usar la caña para la construcción. Las técnicas que allí se ven se utilizan incluso hoy en día en poblaciones costeras de Perú y Ecuador.

Esta quincha se la conoce como la “quincha prehispánica”, para distinguirla de la que, inspirada en ella, evolucionó hacia la hoy llamada “quincha virreinal”. Esta última mejoró rápidamente las técnicas primitivas, posibilitando la construcción no solo de viviendas, sino de edificios más importantes como iglesias, colegios, conventos o grandes mansiones, con todas las innovaciones que la arquitectura española vigente imponía. Los materiales utilizados son la madera y la caña para la estructura portante, y la caña tejida con revoque de barro en los cerramientos. Para las uniones y amarres, se usaban fibras vegetales, alambres, clavos y colas.


Iglesia de los Huérfanos, Lima, Perú. Foto de JFoto: Juan Pablo El Sous

A partir de 1666 se comenzó a utilizar en las grandes construcciones. En la Iglesia de Santo Domingo, se empleó por primera vez la bóveda entramada de madera, caña y cal, para reemplazar el techo artesanal deteriorado por temblores de la nave central. Lo mismo ocurrió en la iglesia de San Francisco. La Iglesia de Los Desamparados, en 1669, fue la primera concebida íntegramente con esta técnica.

Durante el terremoto de 1687, las nuevas construcciones de quincha sufrieron algunos daños, pero ninguna cayó. Esta técnica fue perfeccionada después del mismo, para aumentar la seguridad de los edificios, por resolución del virrey Manso de Velasco.

A partir del terremoto de 1746 —el más destructor de los ocurridos en Lima— se adoptó la quincha masivamente, pues además de satisfacer las necesidades de su resistencia sísmica, resultaba más económica, rápida y versátil para cumplir con las condicionantes simbólicas que en toda edificación monumental se busca. Los alarifes de entonces señalaban que, aunque algunos la consideraban contraria a las reglas de la buena construcción, la técnica de la quincha “brindaba mayores seguridades”. Esto se explica físicamente con la fórmula Fuerza = Masa x Aceleración; como la aceleración es producida por el sismo, a mayor masa, mayor fuerza destructiva. 

En las construcciones de quincha, la liviandad del entramado de madera y caña con un delgado revoque de barro o de cal y arena minimiza la acción sísmica, pues esta es muy bien absorbida por esos materiales. Lo contrario ocurre con el tapial [2] o el adobe[3], que tienen mucha masa y poca resistencia, sin perjuicio de que en zonas sísmicas se pueda disminuir el riesgo con un adecuado diseño y con la tecnología apropiada para estos materiales, en los casos en que su uso sea la única alternativa posible.

A principios del siglo XVIII, apareció una norma oficial que obligaba a utilizar la quincha en los muros altos de las casas, previendo incluso serios castigos a los infractores. Hasta donde sabemos, es la primera reglamentación para construcciones sismorresistentes de América. Podemos decir entonces que la arquitectura sismorresistente, al menos en América, nació en Perú en el siglo XVII. En conclusión, la evolución del empleo de la quincha obedeció a un equilibrio entre diversos factores: el sísmico, el climático, el económico, el representativo y el reglamentario.

También en Ecuador existen numerosos ejemplos, aún en pie, de hermosas construcciones realizadas con esta técnica, como las casas de las Peñas (1903) y la Casona Universitaria (1902) de Guayaquil, y muchas otras en Jipijapa, Montecristi y Portoviejo, que resistieron no solo el uso y el paso del tiempo, sino también la acción de numerosos terremotos.

El bahareque 
En Colombia, a mediados del siglo XIX, por las crisis y la miseria que produjeron las guerras de la Independencia, miles de personas se lanzaron a la "aventura colonizadora" en tierras abandonadas o fiscales, en lo que luego sería el Departamento de Caldas.

Allí fundaron un poblado, con el nombre de Manizales, por la piedra maní, granito de color gris, abundante en los ríos y quebradas de la región. Construyeron los primeros cobijos y casas con los materiales y técnicas tradicionales que conocían, especialmente de tapial.


Colegio (izq.) y casa (der.) de bahareque, en Manizales, Colombia. Fotos del autor.


Pared de bahareque (detalle), Lima. Fuente: ININVI.

Sin embargo, la fuerte sismicidad de la región indujo rápidamente a buscar alternativas constructivas, ya que los violentos temblores ocurridos alrededor de 1875 destruyeron casi todas las casas. Así, algunos comenzaron a usar la guadua (Guadua Angustifolia), bambusa de origen local muy abundante en la zona, y empleada por los indígenas desde tiempo inmemorial. Al poco tiempo sobrevinieron nuevos terremotos, que dejaron en pie solamente a las casas construidas con guadua, evitando lo más grave, que es la pérdida de vidas. Así nació el llamado inicialmente “estilo temblorero”.

El uso de la guadua en sus distintas variedades se convirtió en parte integral de los edificios de la nueva ciudad. Aprovechando su gran resistencia, liviandad y dimensiones, perfeccionaron la nueva técnica constructiva, que denominaron bahareque. El sistema integra columnas y envigados de guadua con marcos de madera y trenzados o tramados también de guadua, constituyendo una canasta estructural que comprende paredes, suelo y techo, muy adaptables a la topografía del terreno y, sobre todo, a los movimientos sísmicos tan frecuentes en la zona. 

Las estructuras de guadua del Viejo Caldas, hoy Caldas, Quindío y Risaralda, son respuestas magistrales para resolver el problema que plantea la topografía montañosa, agravada por la sismicidad.


Los primeros pueblos de bahareque, Caldas, Colombia. Foto de “La Guadua”, de Dicken Castro


Las primeras construcciones “tembloreras”, Caldas, Colombia. Foto de “La Guadua” de Dicken Castro.

Queda claro que la seguridad sísmica no es un problema de cálculo, sino de diseño. Las experiencias de la Lima virreinal y las consecuentes normas que se establecieron en el siglo XVIII, así como el “estilo temblorero” del Viejo Caldas, que generó la cultura del bahareque en Colombia, son un elocuente testimonio de ello.

Como lo expresa Clifford D. Conner en su libro Historia popular de la Ciencia: la habilidad de Isaac Newton de ver “más lejos” no debería ser atribuida, como él sostenía, a estar sentado “en hombros de gigantes”, sino a estar parado en las espaldas de miles de artesanos iletrados.
Es lo que ocurrió con los “estilos sismorresistentes” del Virreinato del Perú en el siglo XVII y en la Colombia republicana del siglo XIX. Por eso podemos corroborar que la arquitectura sismorresistente, al menos en América, nació en el siglo XVII en Lima y se reinventó en forma independiente en el siglo XIX, dentro de la región centro-occidental de Colombia, en el Viejo Caldas.

Transferencia del conocimiento y técnicas sustentables del Proyecto Bambú

Sabemos que educar es el acto por el cual un ser se inclina sobre otro para indicarle el camino de la fidelidad a sí mismo y a su comunidad. Este gesto de inclinación sobre los demás, de apertura al prójimo, esta disposición para oírlo, reconocer su presencia y desatarle las manos en una dinámica liberadora, definen el estilo de su propia vida y el de su obra toda.

Víctor Massuh (1924-2008)

Además de los numerosos cursos realizados en la UNT, dentro de las actividades del Proyecto Bambú se implementaron talleres y seminarios para los siguientes sectores:

En el ámbito universitario, a niveles de grado y de posgrado, en universidades del país y del extranjero, se trabajó sobre procedimientos y técnicas constructivas sustentables.

  • A nivel de educación terciaria, participación en postítulos en el marco de la educación rural, proponiendo caminos para frenar el despoblamiento del campo y la generación de bolsones de miseria en las ciudades, dando a los profesores en el ámbito rural una formación técnica y ambiental suficiente para que sean consejeros escuchados por la población y por las autoridades regionales y comunales.
  • En idéntico sentido, mediante cursos en municipios del interior, comunas rurales, ONGs, cooperativas y entidades del gobierno, estableciendo cursos especiales para la formación de técnicos intermedios entre los obreros capacitados y los profesionales, además de talleres de perfeccionamiento para obreros.
  • Para la difusión de las actividades se utilizaron todos los medios que las nuevas técnicas de la comunicación y la información brindan, además de las publicaciones clásicas.

Algunas experiencias:

  • Congresos Internacionales de Arquitectura Sustentable, Arquisur, Redes tecnológicas, etc.
    Seminario-taller en Salsipuedes, Córdoba.
  • Curso-Taller Fundación Gaia en Navarro, Provincia de Buenos Aires.
  • Capacitación para obreros y técnicos en la Reserva Experimental de Horco Molle (REHM), Facultad de Ciencias Naturales de la UNT, Tucumán.
  • Seminarios y talleres en institutos primarios y secundarios de la enseñanza básica.
  • Seminario-Taller sobre construcciones de bambú en Tigre, Provincia de Buenos Aires.
  • Taller de capacitación para la Obra Popular Educativa Sagrada Familia, en Santa Lucía, departamento de Monteros, Tucumán.

De todas estas acciones, las que se han concretado en obras permanentes para su aprovechamiento, con proyecto y dirección, además de los prototipos construidos en la misma Facultad, son las del Ecobarrio Villa Sol de la Fundación Pro-Eco San Miguel en Salsipuedes, Córdoba; las obras realizadas en la Reserva Experimental de Horco Molle (REHM) de la Facultad de Ciencias Naturales de la UNT; y el Colegio María de la Esperanza en Santa Lucía, Tucumán, para la Obra Popular Educativa Sagrada Familia (OPESaFa). 

Colegio María de la Esperanza en Santa Lucía, Tucumán
La Obra Popular Educativa Sagrada Familia (OPESaFa) llevó a cabo en la localidad de Santa Lucía, a 50 km de San Miguel de Tucumán, un importante emprendimiento comunitario en clave de educación popular. Su objetivo es la promoción de un nuevo orden social, basado en la educación formal e informal, siguiendo el espíritu del pedagogo brasileño Paulo Freire, quien fue uno de los mayores y más significativos pedagogos del siglo XX. Sus ideas influenciaron los procesos democráticos por todo el mundo; fue el “pedagogo de los oprimidos” y en su trabajo transmitió la “pedagogía de la esperanza”. Las ideas de Freire comulgan con el espíritu fundacional de la Universidad Nacional de Tucumán, explicadas muchos años antes por Juan B. Terán[4] en el libro La Universidad y la Vida


Colegio María de la Esperanza, Santa Lucía, Tucumán

En este marco se suscribió un acta-acuerdo entre el Proyecto Bambú y OPESaFa para desarrollar el proyecto edilicio, la capacitación del personal técnico y obrero y la dirección de las obras. El material constructivo fundamental fue el bambú, aprovechando su abundancia en la zona, para lo que se utilizaron las técnicas y procedimientos constructivos desarrollados en la cátedra. Después del taller, la capacitación se extendió a lo largo de todo el proceso de obra, y los obreros capacitados, todos residentes en la zona, fueron incorporados a la ejecución del colegio. 


Obrera trabajando en el Colegio María de la Esperanza, Santa Lucía, Tucumán.

El colegio está constituido por los distintos sectores funcionales: sector Docencia, compuesto por seis aulas, con posibilidades de ampliarse; sector Administración y Dirección; sector Talleres y Laboratorios; núcleos sanitarios, comedor y cocina; cochera y mantenimiento; patio cubierto; salón de usos múltiples; capilla; hospedería; vivienda del encargado; estacionamientos de vehículos, canchas deportivas y jardines.

Como consecuencia de la obra, el bambú adquirió jerarquía en el pueblo de Santa Lucía y se revalorizó como un recurso natural renovable, capaz de contribuir al crecimiento y autonomía del lugar; fomentándose una cadena de tratamiento y comercialización del bambú.

Conclusiones
Relacionar al estudiante universitario con la realidad humana, económica y social del medio que lo sustenta es lo más relevante que se puede hacer desde la educación formal. La creatividad no es patrimonio de los genios, sino una forma de vivir la vida. Si bien se relaciona esa palabra con la genialidad, es necesario ubicarla en su real dimensión. Sacriste[5], uno de los creadores de la Facultad de Arquitectura de Tucumán, decía que “nada se puede enseñar, solo se puede ayudar a descubrir lo que se tiene adentro”; ergo, no se debe obligar a aprender nada: hay que estimular el descubrimiento de los saberes.

El bambú con el que se trabajó en los ejemplos mencionados no solo garantizó la sustentabilidad de lo hecho, sino también la sustentabilidad del desarrollo local, al haber generado nuevas alternativas productivas y laborales. Finalmente, también se aseguró la sustentabilidad del conocimiento, pues en los talleres de la facultad los estudiantes trabajaban desde el comienzo de su formación, haciéndolo con sus manos a escala natural, generando de ese modo conocimientos sin repetir viejas lecciones. 

Por su lado, los participantes de los cursos y talleres no formales suelen incorporar inmediatamente lo aprendido a la resolución de problemas concretos y a la implementación de nuevos talleres e iniciativas productivas. 



Bibliografía
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Conner, Clifford D. (2005). A People’s History of Science [Historia popular de la Ciencia]. Nation Books.
Gordon, J.E. (2003). Structures or Why things don’t fall down [Estructuras o por qué las cosas no se caen]. Da Capo Press.
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Lourdin, Robert (1970). Structures en Bois [Wooden Structures]. Centre d’étude architecturales.
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Saleme, Horacio et al. (2007). La enseñanza de estructuras en arquitectura. En: Reflexiones sobre la reforma académica de una facultad de Arquitectura y Urbanismo. [Proyecto PICTO 639]. FAU, UNT.
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Torroja, Eduardo (1960). Razón y ser de los tipos estructurales. Instituto Eduardo Torroja de la Construcción y del Cemento.
Villegas, Marcelo (2003). Guadua: Arquitectura y Diseño. Villegas Editores.


[1] Jorge Morán Ubidia (1940-2021). Arquitecto, referente latinoamericano de la arquitectura y construcción en bambú y guadua, fue profesor universitario de las Universidades Nacional y Católica de Guayaquil, Ecuador.
[2] Pared que se hace con tierra amasada y colocada en un molde de dos tableros paralelos.
[3] Ladrillo de barro crudo, mezclado a veces con paja y secado al aire, que se emplea en la construcción de paredes y muros.
[4] Juan Benjamín Terán (1880-1938). Abogado, historiador, escritor y juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, fundó la Universidad Nacional de Tucumán en 1914 y fue su primer rector.
[5] Eduardo Sacriste, Charlas Docentes. Editorial Universidad de Tucumán. 1992.

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